El último ‘biopic’ sobre el creador de Apple pone el foco en su faceta más oscura, la de un hombre arrogante capaz de manipular a sus seres más cercanos

 

Pensándolo bien, un iPhone es una máquina muy similar a cualquier otra, compuesta de placa base, módem, micrófono, microchip, batería y pequeños cables que serpentean, todo dispuesto bajo un pedazo de vidrio cuya superficie —recubierta de óxido de indio y estaño para que conduzca la electricidad— cobra vida al contactar con el calor de un dedo. Pero no, un iPhone no es solo eso. Tras el cristal se ocultan listas de la compra y fotos y juegos y chistes y noticias y libros y música y secretos y voces de seres queridos. Se ocultan el pensamiento, la memoria, la empatía. Ahí está todo, paseándose en el interior de un metal diseñado para ajustarse a una mano humana.

No importa cuántas generaciones de iPhone hayan ido y venido desde el 2007, todavía hay en él algo místico. Y eso explica por qué uno de los clichés más recurrentes acerca de los iPhones, y los iPods y los Macs que les precedieron, es que fueron las primeras piezas de tecnología en inspirar no solo la lealtad, sino el verdadero amor. Al fin y al cabo, son una extensión de nosotros mismos. Y también explica por qué el que ayudó a dar vida a esos productos ya ha sido incluido en el panteón de los hombres que cambiaron el mundo. Ahí están Gutenberg, Darwin, Einstein, Edison… Y Steve Jobs.

Su legado

Después de la muerte prematura del fundador de Apple en octubre del 2011 a causa del cáncer, todo el planeta pareció llorar su pérdida. Ofrendas florales fueron depositadas en las tiendas de Apple en todo el mundo, y vigilias colectivas fueron celebradas tras la pertinente descarga de la aplicación Vela Virtual en nuestros ‘smartphones’. Jobs, recordemos, no era un músico ni un actor ni un líder pacifista, sino un comerciante cuyo principal objetivo era hacerse más rico. Extraño, ¿no? ¿O es que ustedes se acuerdan del que les vendió la tostadora más allá de cuando se estropea?

No tanto. Los productos, empresas y servicios creados por Jobs definen gran parte del estilo de vida de nuestro mundo: iTunes, iPad, iPod y películas de Pixar –sí, esas también se las debemos a él–. Muchos de ustedes probablemente estén leyendo los textos de esta revista desde un cacharro ideado por Jobs. Alguno de ellos quizá haya sido escrito desde uno. Y aunque seguro que todos conocemos a alguien más puesto que nosotros en temas de tecnología que insiste en que el producto similar fabricado por la competencia es mejor, compramos Apple de todos modos.

Entendió antes que nadie que la electrónica de consumo debía ser diseñada de tal manera que el consumidor medio deseara poseerla y renovarla

 

Todopoderoso Jobs

Porque Apple es, a falta de un término mejor, un culto. Y Jobs es su líder supremo a pesar de que no era un ingeniero, ni siquiera un diseñador. Simplemente vendía su marca excepcionalmente bien. Él entendió antes que nadie que la electrónica de consumo debía ser diseñada de tal manera que el consumidor medio deseara poseerla y renovarla. Todos tenemos en la memoria esas presentaciones que efectuaba ataviado con jersey negro de cuello vuelto, vaqueros azules y zapatillas New Balance. De seguir vivos Orwell y Huxley, el fervor evangelista con el que era recibido por sus acólitos los tendría hablando solos.

Y sus pequeños ‘egotrips’ eran nuestro pasaporte a la felicidad. Primero puso la música en el bolsillo, después hizo el mundo entero accesible desde nuestro teléfono; nos hizo sentir inteligentes e importantes. Penetró en los centros de placer de nuestro cerebro; la dopamina se convirtió en una ‘app’ más. Y consiguió que como consumidores nos sintiéramos confortados mientras en realidad estábamos siendo explotados: abrazamos productos comercializados como herramientas de liberación personal que en realidad eliminan gran parte de nuestras opciones.
Ahora bien, podemos ver a Jobs como un visionario que dio a la tecnología su alma, pero también, si queremos, como un autopromotor narcisista que alcanzó la gloria a través de la humillación y el miedo. Porque su vida no fue tan lisa y suave como los contornos del iPhone 6 Plus, y así consta en la abundante creación escrita y audiovisual que su figura ha generado y, como queda especialmente demostrado estos días, sigue generando.

Hasta el momento, ha sido objeto de nueve documentales, cuatro largometrajes, una obra de teatro, tres novelas gráficas, multitud de artículos, columnas y ensayos y, cómo no, varios libros biográficos. En solo unas semanas sale a la luz en España ‘El libro de Steve Jobs’, de Brent Schlender y Rick Tetzeli, después de alcanzar el número uno en la lista de ‘best-sellers’ en Estados Unidos —publica la editorial Malpaso—. Es la segunda biografía sobre Jobs publicada en menos de cinco años. La anterior, claro, es ‘Steve Jobs’, un monumental tomo de 750 páginas a cargo de Walter Isaacson que el propio Jobs autorizó pero en el que no colaboró —al parecer, tampoco lo leyó—, y que es la base sobre la que se sustenta la película que esta próxima semana llegará a nuestras pantallas, antes de empezar a posicionarse en la carrera por los Oscar.

El típico cretino

Dirigida por Danny Boyle a partir de un guion de Aaron Sorkin, y protagonizada por un Michael Fassbender que ni siendo mujer podría parecerse menos a su modelo, Steve Jobs de alguna manera funciona como correctivo del ‘biopic’ ‘Jobs’, lamentable hagiografía que Ashton Kutcher protagonizó en el 2013. Imaginado por Sorkin —que ya escribió ‘La red social’, ‘biopic’ del creador de Facebook, Mark Zuckerberg—, Jobs es una suerte de sistema cerrado a la manera de sus ordenadores: un hombre que no puede o no quiere conectar con las agendas, los puntos de vista, los sentimientos o las ideas de los demás. Asimismo, el filme deja claro que su protagonista era un hombre arrogante y condescendiente que sufría delirios mesiánicos y se comparaba a figuras como Igor Stravinsky, Leonardo Da Vinci, Julio César y Dios Todopoderoso.

Hería a sus seres más cercanos y traicionaba a colegas en cuanto dejaban de serle útiles

Como demuestra también la película, Jobs podía ser no solo el típico cretino que aparca su Mercedes en plazas para minusválidos —en el edificio central de Apple él lo hacía sistemáticamente—, sino directamente una persona terrible. Hería a sus seres más cercanos y traicionaba a colegas en cuanto dejaban de serle útiles, o incluso antes. Boyle y Sorkin se centran sobre todo en dos de esas problemáticas relaciones.

En primer lugar, su hija Lisa, cuya paternidad se negó a reconocer durante años, incluso después de que las pruebas de ADN la confirmaran. Obligó a la madre, Chrisann Brennan, a demandarlo para obtener la manutención. Solo entonces empezó a aportar 400 dólares mensuales, en una época en la que su fortuna ya superaba los 400 millones. En segundo lugar está Steve Wozniak, su socio desde que a principios de los años 70, trabajando en un garaje, diseñaran una caja azul que permitía efectuar llamadas gratuitas —ilegales— a todo el mundo. Wozniak no solo tuvo que soportar que, poco después de la fundación de Apple, en 1976, Jobs lo engañara para no tener que darle la mitad que le correspondía de un cobro de 7.000 dólares —gracias, colega—, sino que en el futuro tuvo que aguantar ninguneos y abusos sistemáticos.

Quienes quieran conocer más detalles escabrosos pueden acudir al documental ‘Steve Jobs: the man in the machine’, que el director Alex Gibney estrenó a principios de este año en Estados Unidos. En él se exploran episodios oscuros como fraudes bursátiles, tramas internacionales de evasión de impuestos y plantas de producción chinas en las que las condiciones de trabajo son tan medievales y los salarios tan bajos —a los trabajadores van destinados poco más de 10 dólares por cada uno de esos móviles que fabrican y que se venden a 500— que hasta se han instalado redes de seguridad en el exterior de las ventanas para evitar que el personal se siguiera suicidando.

Un pasado difícil

Las fuentes mencionadas caen en la tentación de hacer psicología barata y asocian las miserias de Steve Jobs a su pasado como niño abandonado, que fue dado en adopción por sus padres biológicos y devuelto por sus primeros padres adoptivos después de solo un mes de convivencia, y sugieren que su deseo de crear productos de bello diseño era su reacción contra lo mal diseñado que él se sentía. A partir de eso, cabe preguntarse: ¿fueron esas taras un obstáculo para sus logros o su motor mismo? ¿Cuánto hay que tener de malnacido para lograr el éxito?

Y, sobre todo, ¿qué importa todo eso? Otros genios pasaron a la historia antes de que existieran las cámaras o las redes sociales, en un tiempo que otorgaba a las personas el lujo de ser definidas por lo que hacían y no por quiénes eran. Jobs no tuvo esa suerte. Vivimos en una época en la que la idolatría es complicada. La ironía es que eso en gran parte es así a causa de él. La historia, de hecho, quizá acabe destacándolo principalmente por su impacto indeleble como ingeniero social, como uno de los responsables esenciales en la creación de una generación que está hiperconectada y al mismo tiempo permanece alarmantemente individual. Aunque son máquinas de comunicación imprescindibles, los dispositivos de Jobs nos han convertido en gente rara. No hay nada como sentarse en un vagón de tren lleno de personas que miran hipnotizadas sus pantallas para verlo claro.

 

Fuente: El Periódico

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